lunes, 30 de junio de 2008

Todo lo que le molestaba eran mis zapatos…

Reconozco que me gustan los zapatos extravagantes. De colores vivos, a veces con plataformas, pero siempre muy originales; de esos que solamente se consiguen fuera del país. Tengo algunos pares que una amiga que vive en el extranjero me manda para mis cumpleaños. Generalmente, cuando aparezco en alguna fiesta con uno de esos recibo comentarios de todo tipo: “Hay que ser muy especial para ponerse esos zapatos, eh” o “Qué lindos, ¿dónde los compraste?” o simplemente alguien que desliza tímidamente: “y…yo no me los pondría, pero si a vos te gustan…”
La cuestión es que la elección de los zapatos hizo que viviera una de las experiencias más extrañas.
Había coordinado una cita a ciegas con un amigo de un amigo de un amigo. Por teléfono parecía agradable. Acababa de volver a Argentina después de vivir un año en España. Pensaba quedarse definitivamente en el país. Arreglamos para salir el fin de semana. Dos amigas me hicieron el aguante en mi casa mientras yo me vestía y me maquillaba. Era un sábado de febrero y hacía calor en Buenos Aires, por eso elegí un vestido negro, lindo e informal, y unos suecos naranjas que daban un toque de color, pero nada fuera de lo común.
Me pasó a buscar y no se veía mal. No era Brad Pitt ni mucho menos, era un tipo normal. Me miró de arriba hasta abajo y, obviamente, llegó a los zapatos, pero no dijo nada.
Fuimos a un bar por Devoto. Todo iba bien, pero claramente pensábamos diferente. Me acuerdo que incluso discutimos nuestros puntos de vista (bien opuestos) de alguno de los temas de los que conversamos. No estuvo mal, aunque era raro que en la primera cita discutiéramos, esa rareza hacía del encuentro algo diferente, así que estuvo bien. Sí coincidíamos en que los dos teníamos ganas de encontrar a “la” persona.
Me llamó al día siguiente y al siguiente. Se mostraba interesado y lo decía. Volvimos a salir. Elegí un jean, una remera negra al cuerpo y un par de zapatos rojos “de esos raros”. Cuando sonó el timbre y bajé, volvió a examinarme más que a mirarme y estacionó sus ojos en mi calzado. Yo me daba cuenta que algo de mis zapatos no le cerraba, pero como él no decía nada, tampoco yo. Ese día volvimos a pasarlo muy bien. A mí no me mataba: cuando estábamos juntos ni lloraba de risa ni me aburría; ni lo consideraba el tipo más inteligente del mundo, ni me parecía un idiota; ni me dio vuelta sexualmente ni me fue indiferente. Todo estaba en el medio, así que podía darle alguna oportunidad a la cuestión y así lo hice.
Entonces, hubo un tercer encuentro. Como era una noche entre semana, me puse otro jean (diferente al de la salida anterior), ya no me acuerdo qué me puse arriba (y tampoco es importante), lo importante es lo que vestí en los pies: unos zapatos divinos de colores verde manzana y fucsia.
Se notó que apenas me vio no pudo contenerse. Entonces mientras caminábamos hacia el lugar donde íbamos a ir a cenar me dijo: “¡Qué color de zapatos! Mi amigo Gaby no soporta que las mujeres se pongan zapatos raros, extravagantes. Es que él es muy clásico…le gusta que las chicas usen cosas normales” Yo sonreí por fuera, pero me reí a carcajadas por dentro, porque estaba haciendo cargo a un amigo (que vaya una a saber si existía) de su propia opinión. En esa cita también todo marchó muy bien.
Me llamó a los dos o tres días y acordamos volver a vernos. El mismo día del encuentro, por la mañana, recibí un llamado suyo cancelando y diciendo que volvía a España, donde no tenía ninguna intención de regresar, por lo menos eso me había dicho. Por supuesto que no le creí. Corté.
Volví a verlo después de un año por casualidad en un country al que fui a pasar el día. No lo saludé, pero de lejos vi que se fijaba en el divino par de All Stars blancas que llevaba puestas.

Anita Anota

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