sábado, 5 de julio de 2008

¿Qué te hacés el novio?

Día complicadísimo en el trabajo. Los teléfonos no paraban de sonar, mi jefa gritaba, el sub editor caminaba con paso apretado y cantaba en francés “oh cabaret, oh cabaret…” (pronunciaba la “r” francesa), supongo que para calmarse después de la reunión que había mantenido con el director de la empresa.
Dejé de teclear en mi compu cuando me llamó mi amiga “Chispita”, y escuché esta frase: “34 años, abogado, soltero, sin hijos y con mucha onda”. “¿Quién es?”, pregunté interesada ante semejantes datos. “Un amigo de un compañero de trabajo. Aunque no necesita ayuda, porque parece que está buenísimo, los amigos quieren que encuentre pareja y yo creo que vos sos la mujer indicada”. Pensé un momento, pedí una breve descripción física, que por cierto fue muy buena, respiré hondo y dije: “dale mi celu”.
Las mujeres que pasamos los 30 sabemos que las citas a ciegas -la mayor parte de las veces- son incómodas, una se siente rara, como que está yendo a un experimento de laboratorio en el que es observada meticulosamente. Y probablemente a ellos les pase algo similar, pero lo que es seguro es que tanto nostras como ellos tenemos claro que es una opción para conocer a alguien que quiera algo parecido a lo que buscamos. Así que una vez más una pregunta me martilló la cabeza: “¿Y es él?”, así que no lo pensé más y dije sí.
Dos días después me llamó. Coordinamos ir a cenar, pero había algo original en el asunto: yo lo pasaría a buscar, porque él vivía en una zona muy cool así que cenaríamos por ahí. “¿Qué estoy haciendo?”, pensé mientras iba en el taxi hasta su casa. Pero ya estaba en el baile…Llegamos. El taxi frenó en la puerta de su edificio (una mole inmensa y súper moderna). Pagué y bajé. Me sentí rarísima llamándolo desde la puerta. Volví a tomar aire mientras esperaba que bajara. Cuando apareció entendí que decir que sí había sido acertado. Era alto, flaco y pelado (de los que se pelan toda la cabeza). Se vestía con mucha onda y era simpático y desenvuelto. Nos fuimos a un restó de comida mexicana. No dejamos de charlar durante toda la cena. Resultó un tipo inteligente y con ideas claras (al menos eso parecía). Terminamos tomando unas copas de vino en su casa. Fue el cierre de noche perfecto.
Volvimos a hablar por teléfono y quedamos en repetir el encuentro. Fuimos a tomar algo a un bar donde también se bailaba. Otra vez nos divertimos mucho y, nuevamente, terminamos en su casa.
Al viernes siguiente nos volvimos a ver. Esta vez habíamos arreglado para cenar en su casa. “Trae una mochilita con ropa, por si mañana cuando nos levantamos te querés cambiar”…O sea, me estaba invitando a dormir, a quedarme toda la noche. “Ok”, dije haciéndome la despreocupada. Estaba funcionando…habíamos conectando.
Llegó el día. Me recibió amorosamente con la mesa puesta. “Estoy cocinando, vení sentate acá”, dijo señalando la mesada de la cocina. Sirvió dos copas de vino y terminó de hacer la ensalada que acompañaría al pollo al horno. Cenamos y charlamos un montón, nos reímos y cada uno contó la parte que quiso de su historia. Era verdaderamente un tipo interesante. Después de un largo e intenso round de cariño nos dormimos. Al día siguiente, al despertarnos, volvimos a encontrarnos íntimamente. Nos bañamos y me invitó a desayunar a un bar de moda, como todo lo que había por su casa. Entre jugos de frutas, tostadas con mermelada y café, leímos el diario y comentamos algunas de las noticias más importantes.
Estaba en todos los detalles y eso fue lo que finalmente me enfureció: se deshacía en elogios, me cocinó, me untaba las tostadas y se despidió con el mismo beso y la misma sonrisa que las otras veces.
No volví a saber de él. Entonces pensé: “Si lo que quería era una relación sin compromiso, ¿por qué no lo dijo?, ¿para qué se hizo el novio?”

No hay comentarios: