martes, 15 de julio de 2008
A punto de tirarme –indignada- del auto en movimiento (parte II)
Martes. Llegué a mi casa con cierto apuro, tenía mil cosas para hacer. Poner la ropa a lavar, cambiarme e ir a mi clase de danzas y al volver desgrabar y escribir una nota. En fin, una tarde de esas…Apenas puse el lavarropas y me disponía a sacarme la ropa que llevaba puesta desde la mañana, sonó el teléfono.
Del otro lado alguien a quien voy a llamar Fernando me saludó. Me puso al tanto de quien era. Claro, me había olvidado que una amiga, una semana atrás, me había avisado que le había pasado mi teléfono a un amigo de un amigo suyo ¿?
En fin, nos pusimos a charlar y resultó tan ocurrente que hablamos alrededor de veinte minutos (tiempo suficiente para que perdiera toda la primera parte de mi clase de danzas). Quedamos en salir el fin de semana y cortamos.
Pero el sábado estaba todavía lejos, así que desde el miércoles empezó a mandarme sms. Lo mismo pasó el jueves y el viernes. Era gracioso, escribía los mensajes con cierto humor, por lo menos hasta el momento.
El sábado me pasó a buscar, tal como lo habíamos acordado. Apenas lo ví, descubrí que no tenía ningún sentido salir, pero tampoco podía volverme atrás. Había algo en su actitud, en su lenguaje corporal…no puedo explicarlo muy bien. Pero voy a seguir con el relato, quizás más adelante se entienda mejor.
En su auto sonaba, a todo volumen, música electrónica. No dije nada. El me hablaba a los gritos, porque esa era la única forma en que podía escucharlo. En determinado momento -cuando ya no soportaba más- le dije: “¿se podrá cambiar esta música?” y me dijo: “¿No te gusta? A mí me encanta, ya sé que es música de adolescentes, y bueno, será que no quiero crecer…!” Al escuchar esa frase traté de pensar que eso no estaba pasando e inevitablemente me acordé de mi amiga…por qué me había sugerido salir con semejante tipo?
Llegamos a un bar de Palermo. Tenía un estilo canchero que detestaba y una actitud soberbia y altanera que, de verdad, no me gustaba nada. Hasta en como se sentaba se notaba que estaba actuando…y lo peor era que se creía George Clooney. El modo en que le habló a la camarera fue espantoso. No le pedía, le exigía. La chica me miró y yo le puse cara de “sé lo que pensás y lo comparto, pero lo acabo de conocer y esta cita está llegando a su fin”. No quise ser maleducada y plantarlo e irme, así que lo soporté un rato escuchando en qué banco tenía depositados sus millones (se hacía el millonario y digo “se hacía” porque nadie que verdaderamente lo fuera hablaría de esas cosas con quien no conoce) y de su desprecio por las mujeres. En ese instante le dije: “Fernando, si sos misógino, si detestás a las mujeres, para qué me llamaste para salir?…no entiendo” Trató de explicar algo que no entendí, intuyo que porque no tenía explicación…era un salame y ya, pero no se lo pude decir. Creo que mi cara decía todo. Entonces empezó a hablar de los millones de chinos que había en China, de qué pasaría si todos los chinos se fueran de su país y de otro montón de cosas que no le importaban a nadie.
Le dije que me quería ir. Pagó y nos fuimos. Quiso llevarme a su casa. No le contesté, sólo lo miré de un modo tan tajante que entendió que eso era NO.
Y me pasó de nuevo: intentó preparar el terreno para nada. Así que, al llegar a mi casa, sin esperar a que el auto se detuviera del todo abrí la puerta y, una vez más, casi me tiré. Pero esa vez sólo dije: “Chau”
Anita Anota
Del otro lado alguien a quien voy a llamar Fernando me saludó. Me puso al tanto de quien era. Claro, me había olvidado que una amiga, una semana atrás, me había avisado que le había pasado mi teléfono a un amigo de un amigo suyo ¿?
En fin, nos pusimos a charlar y resultó tan ocurrente que hablamos alrededor de veinte minutos (tiempo suficiente para que perdiera toda la primera parte de mi clase de danzas). Quedamos en salir el fin de semana y cortamos.
Pero el sábado estaba todavía lejos, así que desde el miércoles empezó a mandarme sms. Lo mismo pasó el jueves y el viernes. Era gracioso, escribía los mensajes con cierto humor, por lo menos hasta el momento.
El sábado me pasó a buscar, tal como lo habíamos acordado. Apenas lo ví, descubrí que no tenía ningún sentido salir, pero tampoco podía volverme atrás. Había algo en su actitud, en su lenguaje corporal…no puedo explicarlo muy bien. Pero voy a seguir con el relato, quizás más adelante se entienda mejor.
En su auto sonaba, a todo volumen, música electrónica. No dije nada. El me hablaba a los gritos, porque esa era la única forma en que podía escucharlo. En determinado momento -cuando ya no soportaba más- le dije: “¿se podrá cambiar esta música?” y me dijo: “¿No te gusta? A mí me encanta, ya sé que es música de adolescentes, y bueno, será que no quiero crecer…!” Al escuchar esa frase traté de pensar que eso no estaba pasando e inevitablemente me acordé de mi amiga…por qué me había sugerido salir con semejante tipo?
Llegamos a un bar de Palermo. Tenía un estilo canchero que detestaba y una actitud soberbia y altanera que, de verdad, no me gustaba nada. Hasta en como se sentaba se notaba que estaba actuando…y lo peor era que se creía George Clooney. El modo en que le habló a la camarera fue espantoso. No le pedía, le exigía. La chica me miró y yo le puse cara de “sé lo que pensás y lo comparto, pero lo acabo de conocer y esta cita está llegando a su fin”. No quise ser maleducada y plantarlo e irme, así que lo soporté un rato escuchando en qué banco tenía depositados sus millones (se hacía el millonario y digo “se hacía” porque nadie que verdaderamente lo fuera hablaría de esas cosas con quien no conoce) y de su desprecio por las mujeres. En ese instante le dije: “Fernando, si sos misógino, si detestás a las mujeres, para qué me llamaste para salir?…no entiendo” Trató de explicar algo que no entendí, intuyo que porque no tenía explicación…era un salame y ya, pero no se lo pude decir. Creo que mi cara decía todo. Entonces empezó a hablar de los millones de chinos que había en China, de qué pasaría si todos los chinos se fueran de su país y de otro montón de cosas que no le importaban a nadie.
Le dije que me quería ir. Pagó y nos fuimos. Quiso llevarme a su casa. No le contesté, sólo lo miré de un modo tan tajante que entendió que eso era NO.
Y me pasó de nuevo: intentó preparar el terreno para nada. Así que, al llegar a mi casa, sin esperar a que el auto se detuviera del todo abrí la puerta y, una vez más, casi me tiré. Pero esa vez sólo dije: “Chau”
Anita Anota
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