miércoles, 9 de julio de 2008
A punto de tirarme del auto en movimiento (parte I)
Probablemente a muchas mujeres les pase lo mismo. Aunque estoy harta de las citas ciegas siempre vuelvo a intentarlo, porque me acuerdo de algo que siempre me dice mi hermana: “¿Ya saliste con 1000? Bueno, cuando salgas con el 1001 tenés derecho a quejarte”. Entonces, acepté otra vez.
Me pasó a buscar. Cuando me sobrepuse de la primera impresión (ese momento fatal en que una abre la puerta del edificio y lo ve, no importa si es lindo o feo, la sola impresión es tremenda), subí al auto e inmediatamente pensé “¿qué estoy haciendo?”. Físicamente no me gustaba pero, como me pasó otras veces, respiré hondo y pensé: “vamos, fuerza, es sólo un café y vuelvo a casa”. Pero, sin dudas, lo que me resultó mucho peor fue subir a su auto: era como si dentro hubieran tirado una bomba. Todo estaba roto y destartalado. No es que yo sea fina, sólo que el estado en que tenía el coche hablaba de cómo era él y no me gustó nada.
Cuando me preguntó donde podíamos ir, enseguida sugerí un bar cerca de mi casa, porque en mis planes estaba volver cuanto antes. Ok, tal vez estaba mal predispuesta, pero esa primera mirada había bastado.
En el viaje hablamos de cosas triviales, sin importancia. Llegamos y ordenamos. Ahí fue donde la conversación se centró más en cada uno de nosotros. El sabía cual era mi profesión, pero no donde trabajaba, así que se despachó preguntando todo cuanto pudo. “No pasa nada. La estoy llevando bien”, pensé. “Un rato más y ya”, intenté calmarme. Pero la conversación tomó otro rumbo. Empezó a contarme acerca de sus pocas aspiraciones personales. Un tipo que había superado los 40 y no tenía claro hacia donde ir, no tenía un trabajo estable y, por lo que entendí, tampoco le preocupaba demasiado. Mientras más hablaba, más me daba la sensación que levitaba a 10 metros del suelo. Eso fue exactamente lo que sentí: él no tenía los pies en la tierra. Me hablaba de viajar…y yo pensaba: “si ni trabaja, ¿cómo se supone que va a viajar?”
Después de unas cuantas frases por el estilo, me relajé y empecé a reírme por dentro. Me hablaba y mi cabeza estaba en otra parte, ya nada me interesaba. Pensaba en lo que tenía que hacer al otro día o en la cena que tendría con las chicas en un par de días…estaba en otra. Tal vez porque no entendía muy bien para qué él había querido salir conmigo. Las citas de ese estilo se generan para intentar algo que tenga cierto futuro. A las personas para pasar el momento se las conoce de otra manera, pero cuando dos personas aceptan conocerse -porque algunos amigos en común creen que podría funcionar- es porque en general tienen ganas de lo mismo. Y yo me daba cuenta que él no se daba cuenta de que enfrente tenía a una mujer que había pasado los 30 y pico y que su inestabilidad iba a provocar que yo salga corriendo.
Cuando finalmente nos fuimos, volví a subir al auto por el que cualquier compañía de seguros hubiera pagado destrucción total. Estábamos llegando a mi casa y se metió en un terreno sinuoso, que para mí fue un pantano. Ese instante en que el hombre intenta “algo”, no se sabe muy bien qué y sin ser demasiado obvio, por miedo al “no”, pero trata de hacer “algo”. Ya no me acuerdo cómo zafé, lo que sí recuerdo es que solté una risa nerviosa y, antes de que frene, abrí la puerta del coche. Fue casi como tirarme del auto en movimiento, mientras le decía: “chau, nos vemos”.
Lo que yo no me imaginé en ese momento es que no sería esa la única vez que me tiraría de un auto en movimiento…
Anita Anota
Me pasó a buscar. Cuando me sobrepuse de la primera impresión (ese momento fatal en que una abre la puerta del edificio y lo ve, no importa si es lindo o feo, la sola impresión es tremenda), subí al auto e inmediatamente pensé “¿qué estoy haciendo?”. Físicamente no me gustaba pero, como me pasó otras veces, respiré hondo y pensé: “vamos, fuerza, es sólo un café y vuelvo a casa”. Pero, sin dudas, lo que me resultó mucho peor fue subir a su auto: era como si dentro hubieran tirado una bomba. Todo estaba roto y destartalado. No es que yo sea fina, sólo que el estado en que tenía el coche hablaba de cómo era él y no me gustó nada.
Cuando me preguntó donde podíamos ir, enseguida sugerí un bar cerca de mi casa, porque en mis planes estaba volver cuanto antes. Ok, tal vez estaba mal predispuesta, pero esa primera mirada había bastado.
En el viaje hablamos de cosas triviales, sin importancia. Llegamos y ordenamos. Ahí fue donde la conversación se centró más en cada uno de nosotros. El sabía cual era mi profesión, pero no donde trabajaba, así que se despachó preguntando todo cuanto pudo. “No pasa nada. La estoy llevando bien”, pensé. “Un rato más y ya”, intenté calmarme. Pero la conversación tomó otro rumbo. Empezó a contarme acerca de sus pocas aspiraciones personales. Un tipo que había superado los 40 y no tenía claro hacia donde ir, no tenía un trabajo estable y, por lo que entendí, tampoco le preocupaba demasiado. Mientras más hablaba, más me daba la sensación que levitaba a 10 metros del suelo. Eso fue exactamente lo que sentí: él no tenía los pies en la tierra. Me hablaba de viajar…y yo pensaba: “si ni trabaja, ¿cómo se supone que va a viajar?”
Después de unas cuantas frases por el estilo, me relajé y empecé a reírme por dentro. Me hablaba y mi cabeza estaba en otra parte, ya nada me interesaba. Pensaba en lo que tenía que hacer al otro día o en la cena que tendría con las chicas en un par de días…estaba en otra. Tal vez porque no entendía muy bien para qué él había querido salir conmigo. Las citas de ese estilo se generan para intentar algo que tenga cierto futuro. A las personas para pasar el momento se las conoce de otra manera, pero cuando dos personas aceptan conocerse -porque algunos amigos en común creen que podría funcionar- es porque en general tienen ganas de lo mismo. Y yo me daba cuenta que él no se daba cuenta de que enfrente tenía a una mujer que había pasado los 30 y pico y que su inestabilidad iba a provocar que yo salga corriendo.
Cuando finalmente nos fuimos, volví a subir al auto por el que cualquier compañía de seguros hubiera pagado destrucción total. Estábamos llegando a mi casa y se metió en un terreno sinuoso, que para mí fue un pantano. Ese instante en que el hombre intenta “algo”, no se sabe muy bien qué y sin ser demasiado obvio, por miedo al “no”, pero trata de hacer “algo”. Ya no me acuerdo cómo zafé, lo que sí recuerdo es que solté una risa nerviosa y, antes de que frene, abrí la puerta del coche. Fue casi como tirarme del auto en movimiento, mientras le decía: “chau, nos vemos”.
Lo que yo no me imaginé en ese momento es que no sería esa la única vez que me tiraría de un auto en movimiento…
Anita Anota
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